Bajo es el precio que hay que pagar...

Estaba hablando con uno de esos amigos de carne y hueso -sí, todavía se puede tener charlas cara a cara en vez de que Ballmer las revise personalmente si usamos WLM o la CIA nos siga en el caso de Facebook- en un barco -sí, navegar en la realidad es muy de la resistance- mientras observábamos ballenas. Alerta, esto puede parecer muy trivial pero les juro que no lo es; obtuve de esta pequeña charla una de las conclusiones más importantes de mi vida.

En cierto momento se menciona que los japoneses masacran a este cetáceo que estabamos persiguiendo para satisfacer nuestras ganas de hacer algo que no sea el algo que hacemos siempre.  Acto seguido, este amigo del que les hablaba dijo: "Japoneses, habría que matarlos a todos. ¿Cómo pueden meterse con este hermoso animal?" O algo así, pero volviendo a lo importante en ese momento hubo como un flash en mi cabeza y me imaginé el mundo sin japoneses.

Sí señores, un mundo sin japoneses. En diez segundos divisé como Cartoon Network había dominado el universo con sus divertidos aunque rara vez profundos cartoons en vez de anime, como Marvel vendía comics hasta a los Marcianos que habían venido a salvarnos de nuestra aburrida existencia por la falta de manga y también imaginé una televisión mundial plagada de sit-coms, stand up comedy y telenovelas mexicanas y sin el inigualable delirio de la televisión nipona.

Imaginé a continuación, la ausencia de Sony, Nintendo y Sega en nuestras vidas. Como los estantes donde van las consolas estaban ocupados por uno, dos y hasta tres xbox 360 y lloré amargamente en mi imaginación. Un mundo sin videojuegos japoneses.

Entonces atiné a decir una cosa sola, una frase. Que salió desde lo más profundo de mí y pudo expresar mi desasón, mi desesperación y mi desconsuelo. Y dije más o menos así:

"Si no hubiera japoneses en el mundo, todos los juegos serían como el Halo 3 y el Gears of War. Me parece que bajo es el precio que hay que pagar, aunque me den lástima las ballenitas"

Y sí, ustedes coincidirán conmigo que bajo es el precio que hay que pagar.

Una ganga.